Del frío al encuentro familiar: cómo el gas natural cambió la vida de una familia de Río Gallegos
María Agüero vive en el barrio Bicentenario II y durante años calefaccionó su casa con dos caloventores. La llegada del gas natural no solo modificó la temperatura de la vivienda: recuperó espacios, alivió las rutinas familiares y convirtió nuevamente a su casa en un punto de encuentro.
En el barrio Bicentenario II de Río Gallegos, entre las calles 17 y 60, María Agüero conoce de cerca lo que significa atravesar los inviernos patagónicos sin una calefacción suficiente.
Trabajadora de una casa de familia y emprendedora dedicada también a la elaboración de pan casero y tortas, durante años sostuvo a su familia mientras enfrentaba una dificultad que parecía imposible de resolver: acceder al gas natural.
Las mañanas de invierno comenzaban con frío. María recuerda que despertaba a sus hijos y les llevaba el té a la cama antes de prepararlos para ir a la escuela. Dentro de la vivienda, dos caloventores eran trasladados de un ambiente a otro para intentar mantener una temperatura agradable.
La falta de calefacción suficiente terminó modificando la dinámica familiar. Durante mucho tiempo, una habitación concentró buena parte de las actividades cotidianas: allí merendaban, miraban televisión y hacían las tareas escolares.
El gas natural que parecía inalcanzable
María vive en el barrio desde hace once años. Aunque la zona cuenta con el servicio de gas desde 2017, para muchas familias la conexión domiciliaria representaba un costo difícil de afrontar.
En su caso, el ingreso familiar hacía que la posibilidad de contar con gas natural pareciera lejana. “Nunca voy a tener gas porque mi bolsillo no da”, recuerda que decía.
La situación comenzó a cambiar a partir de un convenio entre el Ministerio de Desarrollo Social y Distrigas S.A., destinado a acompañar a familias en situación de vulnerabilidad económica para facilitar su acceso al servicio.
Para María, la espera terminó siendo mucho más breve de lo que imaginaba: en menos de un mes tuvo gas natural en su vivienda.
Una conexión que cambió la vida cotidiana
Los trabajos se realizaron durante una mañana. Cuando sus hijos regresaron de la escuela, se encontraron con una casa diferente.
La emoción fue inmediata. María cuenta que sus hijos lloraron al conocer la noticia y que terminaron compartiendo las lágrimas de alegría.
El cambio no quedó limitado a la calefacción. Con los ambientes templados, la familia pudo volver a utilizar toda la vivienda y recuperar espacios que antes estaban condicionados por el frío.
Ahora pueden sentarse a mirar televisión, conversar y hacer las tareas en la planta baja. La habitación dejó de ser el centro de la vida familiar y recuperó su función de dormitorio.
“Es un cambio rotundo”, resume María al recordar aquellos años.

Cuando el hogar vuelve a ser un lugar de encuentro
Con el paso del tiempo, sus hijas mayores crecieron y algunas comenzaron a independizarse. Sin embargo, la llegada del gas produjo un efecto inesperado: la familia empezó a reunirse nuevamente con mayor frecuencia.
Ya no se trata solamente de encuentros durante los fines de semana. La casa volvió a recibir a sus hijos y seres queridos durante las noches.
“Desde que tengo el gas no se quieren ir”, cuenta María, una frase que terminó dando nombre a esta historia y que sintetiza el impacto que tuvo el acceso a un servicio esencial.
Más que calefacción: recuperar calidad de vida
La experiencia de María muestra que una conexión de gas natural puede representar mucho más que una mejora en las condiciones de calefacción.
En su caso, significó dejar atrás años de restricciones provocadas por el frío, recuperar ambientes de la vivienda y volver a compartir momentos cotidianos con sus hijos.
La historia forma parte de “Historias que dan calor”, el ciclo de Distrigas S.A. que pone en primer plano a familias que accedieron al gas natural y busca mostrar el impacto que ese servicio tiene en la vida cotidiana
